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julio 13, 2010

Espías rusos y agentes de influencia

05 de Julio de 2010

Extraído de Libertad Digital

Por Carlos Alberto Montaner


La noticia de los espías rusos descubiertos en Nueva York, más allá de los aspectos bufos del episodio, es una mina de interesantísima información y análisis.

Lo primero que hay que descartar es la ingenua noción de que terminó del todo la Guerra Fría. Eso no es cierto. Los servicios de espionaje tienen su propia dinámica interna, y su propia inercia.

Cuando Lenin toma el poder, en 1917, edifica la Cheka, su temible policía política, sobre los cimientos de la muy eficiente Ojrana del zarismo. Por un tiempo, los métodos y hasta los agentes serán los mismos. Luego, el organismo va cambiando de nombre en la medida en que la lucha por el poder genera nuevos actores, pero sin desprenderse de la impronta original del zarismo: la Cheka se transforma en GPU, luego en NKVD, más tarde en KGB y, por último, en el actual Servicio de Inteligencia Extranjera (SIE).

Este cuerpo de inteligencia, organizado tras el fin del comunismo, la desaparición de la URSS y la renuncia a las supersticiones marxistas, fue el que sembró a esta decena de agentes en Estados Unidos. ¿Por qué lo hicieron, si los rusos ya habían descartado el proyecto de conquista mundial y hasta se desembarazaban de unos cuantos satélites costosos e inútiles?

Lo hicieron porque esos eran los métodos que llevaban utilizando un siglo largo. Con el lóbulo derecho del cerebro entendían que el comunismo era un proyecto fallido y el marxismo un grave error intelectual, pero con el izquierdo continuaban sospechando de Occidente, especialmente de Estados Unidos, y necesitaban combatirlo, sin saber muy bien para qué. Supongo que en los interrogatorios, junto a los agentes del FBI, se sentarán unos cuantos psiquiatras a estudiar esta fascinante variedad de la esquizofrenia ideológica.
En el grupo hay una latinoamericana que no encaja muy bien en la operación.

La señora Vicky Peláez, peruana, periodista de El Diario-La Prensa de Nueva York. Cayó en la redada junto a su marido, quien se hace llamar Juan Lázaro Fuentes y se presenta como uruguayo aunque parece ser un ruso. Peláez era una columnista muy radical, visceralmente antinorteamericana, defensora de los narcoterroristas de las FARC, de Sendero Luminoso y de la dictadura cubana. ¿Qué hacía esta pareja en medio de una decena de rusos disfrazados de norteamericanos? Tal vez sólo coincidían en la fuente de pagos. Según las acusaciones, los agentes del SIE les entregaban maletines con dinero en lugares públicos de América Latina. ¿Era sólo para ellos o debían repartir esos fondos con los rusos sembrados en Estados Unidos?

En todo caso, el interés de Peláez y de su marido no proviene de los servicios que prestaban a Moscú, sino del papel que desempeñaban en el circuito de propaganda cubano-venezolano. Sin duda, la Rusia posterior a Gorbachov ha cancelado su modelo comunista y los planes de control planetario, pero no así el tándem Chávez-Fidel. Por absurdo y delirante que sea, Chávez se propone crear un estado comunista hermano del que los Castro erigieron en Cuba, mientras los dos países afrontan la tarea de conquistar, primero, América Latina, y luego el resto del mundo. Ninguna persona sensata duda de que fracasarán en esa tarea, pero la historia está llena de estos loquitos iluminados que cada cierto tiempo arrastran a sus semejantes en dirección de la catástrofe.

Es dentro de esos planes donde Peláez y su esposo desempeñaban un rol. ¿Cuál? Muy sencillo: eran agentes de influencia. Los dos formaban parte de un circuito de propaganda forjado por los servicios cubanos desde hace décadas, hoy utilizado por los venezolanos como parte del joint-venturepolítico que mantienen ambos países, dedicado a diseminar informaciones, defender causas, atacar adversarios y denigrar países e ideas, como parte de la gran estrategia de demolición de las democracias burguesas' y de su sustitución por sociedades colectivistas de partido único. Ese circuito existe desde México a la Argentina, incluso en España y Francia, y en cada país hay uno o varios Peláez perfectamente integrados en el coro dirigido desde La Habana y Caracas.

Lo curioso, y lo que la investigación acaso revele, es el hecho de que Moscú pagara a estos agentes de influencia cubano-venezolanos. ¿Prestó Cuba a Moscú esos dos agentes de influencia para facilitar el trabajo de canalización de fondos previamente lavados en la banca venezolana? ¿Son parte de una transacción mayor en la que hay otros mutuos intercambios de favores? ¿Servía el matrimonio a dos amos al mismo tiempo, a los rusos por dinero y a los cubano-venezolanos por devoción ideológica? Seguramente, las respuestas las tendremos en las próximas semanas.

julio 07, 2010

Muchos espías, pocos secretos


Diario El País de España


Los 10 agentes rusos detenidos en EE UU adoptaron nombres falsos y enviaban informes a Moscú - Una de las infiltradas es hija de un ex miembro del KGB

YOLANDA MONGE - Washington 
04/07/2010

Ninguno de los detenidos ha sido acusado de espionaje y a pesar de ello se sigue hablando de "los espías que llegaron de Moscú" para infiltrase en la sociedad estadounidense y reportar a la madre patria. Su camaleonización con el país de las barras y estrellas fue tan lograda que ni sus mismos hijos, nacidos en la tierra que hoy -4 de julio- festeja su independencia, sabían del camuflaje de sus progenitores. Y si hubieran tenido que elegir entre la descendencia o la tierra, habrían optado por lo segundo.

"A pesar de admitir que quiere a su hijo, nunca hubiera violado su lealtad al servicio", ha informado uno de los fiscales que a finales de esta semana presentaba cargos contra el acusado Juan Lázaro, cuya verdadera identidad sigue siendo una incógnita. Lázaro es esposo de Vicky Peláez, periodista peruana que escribe en el diario en lengua española La Prensa de Nueva York y la única que ha reconocido vivir con su verdadero nombre.

La calidad del trabajo de los espías es ya otro asunto porque no parece que la seguridad nacional de Estados Unidos haya estado nunca amenazada. Hasta la fecha, el peor desastre de inteligencia en la historia del país ha sido protagonizado por uno de los suyos: el ex agente del FBI Robert Hanssen, detenido en 2001, quien espió desde su despacho oficial en Washington durante más de 20 años, primero para la URSS y, después, para la Rusia posterior a la caída del muro (escándalo llevado al cine por la película El espía, de 2007). Si Hanssen no fue condenado a muerte es porque se declaró culpable de todos los cargos: pasa -y pasará- el resto de sus días aislado 23 horas de 24 en una prisión de máxima seguridad en Colorado.

Los 10 hombres y mujeres que en la noche del pasado domingo eran detenidos por el FBI mientras cenaban o descansaban plácidamente en sus hogares -en Nueva York, Boston, Alexandria (Virginia) o Montclair (Nueva Jersey)- se enfrentan a cargos de lavado de dinero y de conspiración para actuar como agentes sin registrarse ante la justicia de Estados Unidos. O sea, olvidaron comunicar al departamento correspondiente que habían llegado para conocer los secretos mejor guardados del poder norteamericano.

Conociendo lo que a día de hoy se conoce, la vida de los agentes rusos se acerca más al papel de Jim Wormold que al de James Bond. Dicho de otra manera: parece que Graham Greene hubiera reescrito Nuestro hombre en La Habana y, en lugar de situar la acción en la Cuba de Fulgencio Batista y a su protagonista como un gris vendedor de aspiradoras engañando al servicio secreto británico, hubiera inventado a un grupo de rusos olvidados por el Kremlin en el imperio del capitalismo que pasa sus días acudiendo a barbacoas en el patio trasero de sus vecinos durante las noches de primavera mientras por la mañana escribe mensajes en tinta china invisible para Moscú que parecen importar poco o nada. De ninguno se sospechaba nada. "¿Espías, la señora Fowley una espía rusa?"; "¿los Murphy?"; "¿Donald, el que fue compañero en Harvard de Calderón [Felipe, actual presidente de México]?". Incredulidad y sorpresa. Esa fue la reacción más común a la detención de los 10 (otra persona, la número 11, logró salir de Estados Unidos antes de ser detenido; fue localizada en Chipre, cuando intentaba llegar a Hungría, y ahora vuelve a estar en paradero desconocido después de haber sido puesto en libertad bajo fianza y darse a la fuga). "¡¿Quién lo hubiera dicho?!". ¡Espías! Todo aquel que tiene un amigo ruso en Washington ha bromeado estos días con la pregunta: "Y a ti... ¿cuánto te paga el KGB?".

Pero cada día que pasa emergen nuevos detalles -todos aburridos y comunes al más común de los mortales- de la vida de 10 personas cuya existencia ha estado vigilada por el FBI desde mediados de los años noventa. Sus casas inyectadas con cables y micrófonos a través de los cuales su existencia era de todo menos privada. Pero de los 10 agentes a sueldo del SVR (antiguo KGB, que con tanto ahínco trató de limpiar y remozar el actual primer ministro y ex presidente ruso, Vladímir Putin, quien a su vez fue un espía en el pasado), una mujer sobresale sobre todos los demás. "Anna Chapman podría haber calentado sin duda la noche más frígida de la Guerra Fría", decía un titular de prensa.

La frase es de la sección de Style del diario The Washington Post -dirigida por dos mujeres, por cierto-, pero se ajusta a la media. "Desde Rusia con amor"; "Al rojo vivo [por aquello del pelo pelirrojo] y espía"; "La espía que nos amó"; "Rusa peligrosa"; "Debería tener una cita conmigo en castigo", esta última es la sentencia más leída y aportada por sus nuevos admiradores en la página de Facebook de Chapman -nombre también adoptado-, 28 años, dedicada al sector inmobiliario en Manhattan a través de la red y cuyo padre fue al parecer un antiguo miembro del KGB soviético.

Esta semana ya ha habido vistas para imputar cargos a todos los detenidos. Algunas han quedado aplazadas hasta dentro de 15 días. Sólo Vicky Peláez podrá salir en libertad vigilada si abona la fianza de 250.000 dólares que le ha sido impuesta. El resto permanecerá en la cárcel. La justicia estadounidense cree que el riesgo de fuga es muy alto. Y no porque puedan llegar hasta Chipre para ser detenidos y volver a escaparse, como el espía número 11. A cualquiera de los detenidos en Nueva York, por ejemplo, les valdría con caminar hasta cualquier sección consular rusa o hasta la misión de ese país en Naciones Unidas para adoptar su verdadera identidad y desaparecer para siempre. Pase lo que pase, se acabó el sueño americano al que parece se habían acostumbrado tan bien.

Como Nuestro hombre en La Habana, esta historia es una historia desmitificadora, casi desquiciada. Mensajes escritos en tinta invisible en la era de Google e intercambio de sobres con dinero en plena globalización financiera y el reino de los lobbys. Solo cabe esperar que nadie haya colado a Moscú el diseño de un microondas como el arma de destrucción masiva que no busca Irán.

La custodia de los hijos

Siete ciudadanos estadounidenses no saben lo que será de su futuro. Son los hijos pequeños y adolescentes de cuatro de las parejas que esta semana han sido detenidas como integrantes de una amplia red de espionaje ruso en EE UU. Los servicios sociales de ciudades como Nueva York o Boston tendrán la última palabra en caso de que no existan ni familiares ni amigos que puedan asumir su custodia, lo que parece lo más probable dado el grado de clandestinidad en el que vivían sus padres.

Hasta el arresto de sus padres, todos esos niños y jóvenes vivían una vida de lo más plácida y ajustada a la norma. Hace apenas diez días, una de las hijas de Richard Murphy -nombre falso de uno de los acusados de conspiración- vendía limonada a cinco centavos junto a dos amiguitas del barrio, como suelen hacer los pequeños en estas fechas de calor para recaudar unas monedas. El FBI ha tenido en cuenta la existencia de estos niños, ha asegurado una fuente oficial. "Todo estaba pensado y planificado".

julio 04, 2010

KGB Bar NY

La República
Dom, 04/07/2010
Por Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe

A propósito de los espías ruso-peruanos en Manhattan.

TRUJILLO.- Uno de los bares más entretenidamente decorados en los que he estado en mi vida –y he estado en varios, en varias partes, aunque no en los suficientes– es el KGB Bar de Manhattan, el cual recuerdo ahora a propósito del caso de espionaje que ha involucrado a la periodista peruana Vicky Peláez.

Queda en el East Village, cerca de la New York University (NYU), en un segundo piso al que se llega subiendo por una escalera larga y angosta que desemboca en una gran sala de paredes altas, pintadas de rojo intenso y decoradas con fotografías de Marx, Lenin y otros líderes históricos de la era soviética, portadas de Pravda –el diario oficial del Partido Comunista– y pósters con arengas al proletariado. Se pueden consumir varias marcas de cerveza rusa que es bastante buena.

El bar se fundó en 1993 y se ha convertido, desde entonces, en un lugar de intensa actividad literaria al que asisten escritores que leen sus obras, sin recibir un pago a cambio. Los domingos toca ficción, los lunes poesía. Pero los viernes –como en el que lo conocí– y los sábados la cosa es, básicamente, como corresponde en todo bar, beber y conversar.

La versión oficial es que el sitio servía antes de lugar de encuentro de ukranianos socialistas que vivían en Nueva York y que, para evitar la persecución de Mc Carthy, nunca colgaron en las paredes fotos ni propaganda comunista. La versión no oficial es que en ese local funcionaba la sección de la KGB que se encargaba del espionaje soviético en Manhattan.

La cosa es que conocí el bar en una noche fría de noviembre pasado a donde llegamos Cecilia y yo para encontrarnos con los escritores peruanos José Gabriel Chueca y Juan Manuel Robles –estudiantes de narrativa en la NYU– y a quienes –lo siento, muchachos– espero no estar metiendo en problemas con el FBI por esta revelación.

A favor de ellos diré que lo último de lo que se habló en nuestra divertida mesa, en la que había otros latinoamericanos, fue de socialismo. Y que Benny y Juan Manuel estaban, dentro de su fascinación de empezar a vivir en Nueva York, más interesados en cómo hacer para que la beca les alcance en una ciudad tan cara como Manhattan.

Aunque yo estuve más concentrado en los amigos y en la cerveza, puedo asegurar que Vicky Peláez no administraba el KGB Bar ni la vi atendiendo la barra. Tampoco al ‘ruso-uruguayo’.